Un paseo por el anfiteatro campano Santa Maria Capua Vetere

Una vez en muchísimos años, en varios siglos, un hombre hace que el mundo se ponga de pie y luego, con el pasar del tiempo y el transcurrir de los siglos y las mudanzas del mundo, tal hombre jamás es olvidado.

(Espartaco, Howart Fast)

Tomamos la autopista desde Nápoles rumbo a Santa María de Capua Vetere. Con la mirada perdida en el horizonte, dejo volar mis pensamientos. En ellos bulle una amalgama de literatura, cine, fuentes, y libros de historia. Y no es para menos, ¡nos dirigimos al anfiteatro de Capua que vio nacer la mayor revuelta de esclavos que vivió la antigua Roma!

Un momento clave de la historia, una época en la que la propia Roma se estaba convulsionando socialmente, período en el que una serie de circunstancias la transformarían de República en Imperio.

Me siento afortunada, porque, más de 2000 años después, podemos pasear por los escenarios en los que se desarrollaron algunos de los acontecimientos.

Anfiteatro de capua en santa maria de Capua Vetere

El Anfiteatro campano

Santa María de Capua Vetere es un pueblo pequeño; al anfiteatro le antecede una plaza inmensa en la que predomina el color verde, que resalta el monumento que hoy capta nuestra atención. Pero, antes de escuchar lo que nos cuentan los vestigios, nos sentamos a tomar un café frente al edificio. Saboreamos el espectáculo de disfrutar del anfiteatro capuano en primer plano.

Doy un sorbo a mi café mientras contengo la emoción de haber llegado a la que un día fue capital de la Campania. Nos ponemos en marcha, entramos en el recinto donde nos espera el Museo de los Gladiadores, con algunos restos, recreaciones y una maqueta del anfiteatro.

Tras la visita, mis pasos me conducen al anfiteatro y, como si fuera una patricia romana, mi primera intención es dirigirme a la puerta que conduce a la cavea, pero viramos el rumbo para adentrarnos, a través de unas angostas escaleras, directamente al inframundo.

Anfiteatro de espartaco pet friendly. Al fondo el edificio y una chica con un perro

En el subsuelo, un lugar que para muchos debió representar la mismísima puerta del infierno, donde hoy paseamos para disfrutar del ocio, antiguamente solo tenían cabida animales salvajes con muy mal aspecto, gladiadores, entrenadores, médicos y esclavos.

Acaban de abrir el recinto y estamos solos. Las paredes rezuman humedad, y se entremezcla el verde del musgo con el gris de la piedra. Todavía se pueden observar las canalizaciones del agua en el entramado subterráneo.

Canalizaciones de agua anfiteatro capuano

Exploramos pasadizos infinitos a los que se abren diversas estancias. El ambiente debió ser todavía más lúgubre y oscuro cuando el anfiteatro gozaba de pleno esplendor. Observo, con la mirada puesta en el pasado: aquí un famélico león, que me sorprende pasando sus zarpas a través de la reja, con la intención de llevar alguna presa a su jaula. Más allá un comerciante guarda, en pequeñas ánforas, el sudor, o quizá la sangre todavía caliente de los gladiadores caídos, para venderla a precios desorbitados. ¡Y no es para menos! Esa sangre aportará salud y suerte a quien la consuma. Nadie duda, en la antigua Roma, que es el mejor remedio para la epilepsia. Nunca se sabe, quizá por allí un perfume volátil nos recuerda el encuentro de alguna matrona con el gladiador favorito del momento. ¿Quién sabe las anécdotas que guardan sus paredes desgastadas?

Avanzamos en el laberíntico entramado, con trampillas, elevadores y galerías, que, finalmente, siempre nos conducen a la zona donde se gesta la emoción de miles de almas: la arena. Seguimos solos con la única compañía de disfrutar del escenario y caminar sobre los pasos invisibles de aquellos que dejaron su huella desde hace miles de años.

Subterráneos anfiteatro

Salgo a la arena, la luz me deslumbra. Cierro los ojos, siento la tibieza del sol llenando de vida cada poro de mi piel. «Ave, Caesar, morituri te salutant», me llega la frase de Suetonio como un eco lejano. Me embarga un aroma en el que se entremezclan sangre, pétalos de rosa, sudor y heces de animales, a pachuli, aceite, ungüentos caros y baratos, adrenalina, y sobre todo, miedo, mucho miedo.

«Ave, Caesar, morituri te salutant», un mirmillón y un tracio se enfrentan en la lucha. El eco ensordecedor del excitado público llega distorsionado a través de los cascos, pero ellos lo ignoran. Solo esperan regresar por la Puerta de la Vida, aunque les han enseñado a no temer a la muerte y a morir con dignidad para deleitar a la plebe. ¿Será una lucha a muerte? Quién lo sabe… Los romanos valoran más el espectáculo que el desenlace final. Si luchan bien, hasta la extenuación, el gran público y los notables probablemente los dejen vivir a ambos.

Estamos en el 73 a. C. El mirmillón es Espartaco, blandiendo su gladius con saña en una lucha por la supervivencia. Golpes secos de metal dejan un halo que resuena en nuestros oídos. Sandalias que resbalan en la gravilla, en busca de la posición que permita mantener el equilibrio para conseguir un golpe directo y letal, entrechocan escudos… Espartaco no sabe que este será su último munus gladiatorium en la arena. La próxima vez que empuñe una espada luchará no solo por su vida, sino por su libertad, así como por la de muchos otros condenados a vivir en la esclavitud del mundo romano. Una lucha desesperada, a muerte, en pos de la igualdad de condiciones.

Probablemente él y sus compañeros solo pretendían escapar de ese rol que se les asignó en el engranaje de la sociedad romana. Pero este tracio, probablemente de noble cuna, acabó convertido en el general de un ejército de esclavos que, en un primer momento, fue subestimado por los políticos romanos. La consecuencia fue que convulsionó la política romana durante 4 largos años.

Arena y cavea anfiteatro campano

Mientras tanto, en el 2021, pisamos la arena del que se considera el segundo anfiteatro más grande de Italia. No en vano, la antigua Capua fue durante muchos siglos la capital de la Campania. Los ciudadanos romanos que allí vivían se caracterizaban por un buen nivel adquisitivo.

La realidad es que el anfiteatro original, en el que luchó Espartaco, fue completamente demolido. El que se alza ante nuestros ojos fue construido por Augusto y reconstruido más adelante por el emperador Adriano. Recientemente se encontró una placa epigráfica que así lo atestigua.

Lo que hoy vemos como piedra simple destilaba el lujo de la ciudad para la que fue creado: revestimientos de mármol, detalles cuidados, columnas y bajorrelieves, de los que encontramos algunos en el Museo de los Gladiadores…

El anfiteatro capuano estaba estructurado en 4 pisos. Los 3 pisos inferiores los formaban 80 arcos que estaban adornados con bustos de divinidades. Actualmente solo se conservan algunos arcos en 2 pisos, ya que, en su decadencia sufrió saqueos y expolio.

Restos arqueológicos en la Campania

Entre el entramado de arcadas se erigían bustos de dioses. Los bustos no constituían simples adornos, servían para orientar al público hacia qué pasadizo tomar para llegar hacia sus asientos en la zona de la cavea.

¿Os imagináis? Un día con el aforo lleno, un total de 60.000 espectadores tenían cabida en el anfiteatro, con la presencia de los bustos sería mucho más fácil llegar al asiento. Alguno de los bustos adornan la fachada del Palazzo Communale de Capua.

El anfiteatro de Capua sigue en el mismo lugar, mudo testigo de los hechos envueltos en un halo de leyenda, pero históricos y documentados. Pero, ¿quién fue realmente Espartaco? Plutarco, en la vida de los 12 césares, lo describe como

“Un hombre de gran fuerza y notable carácter. Un hombre, sobre todo, de inteligencia y educación muy superiores a su destino”

Plutarco

Lo innegable es que se atrevió a romper lo establecido y consiguió crear un ejército de desfavorecidos que fue capaz de vencer a la potente estructura militar que propició la expansión de Roma, y llegar casi hasta los Alpes.

Más allá del desenlace final, también es innegable que hizo tambalear los cimientos de la política romana y permitió a los personajes más destacados de ese periodo mover ficha.

En cuanto al anfiteatro de Capua, se conserva bastante bien, a pesar del expolio que sufrió por los vándalos y posteriormente por los sarracenos. Nos permite imaginar, viajar a través del tiempo y sumergirnos de lleno en la civilización romana.

Lo que debes saber antes de visitar a Santa Maria Capua Vetere

  • Además del anfiteatro y el Museo de los Gladiadores, si tenéis pensado visitar Santa María de Capua Vetere, son totalmente imprescindibles el Mitreo y el Museo arqueológico. Creedme, os sorprenderán.
  • No es un lugar masificado. Podéis comprar las entradas en las mismas taquillas, a la entrada del anfiteatro. La entrada es conjunta con el Museo Arqueológico al que se puede llegar en 15 minutos andando.
  • El precio de las entradas es de 3 €.
  • Los lunes está cerrado. Abre a las 9 de la mañana.
  • En periodos de restauración no se puede acceder a la arena.
  • Los subterráneos están incluidos en la entrada.
  • Es recomendable llevar agua y protección solar.
  • Se puede entrar al anfiteatro de Capua con perro; al Museo Arqueológico no, y es una pena porque el fondo es muy completo y la única posibilidad, si os acompaña el peludete, es entrar por turnos si vais más de una persona.
  • Se puede aparcar en la plaza en la que se ubica el anfiteatro.

Cómo llegar desde Nápoles al anfiteatro de Capua

En coche:

El viaje en coche desde Nápoles a Santa Maria Capua Vetere dura unos 33 minutos y cubre una distancia de 38,8 km. La ruta más rápida es la A1/E45.

En tren:

También puedes llegar a Santa Maria Capua Vetere en tren desde Nápoles. El viaje dura unos 20 minutos y hay varios trenes que salen cada hora. Puedes encontrar más información sobre los horarios y billetes de tren en la web de Trenitalia.

En autobús:

En transporte público podéis optar también por los autobuses de la compañía A.T.C. (Azienda Trasporti Campani Srl), que van de Nápoles a Santa Maria Capua Vetere. El viaje dura unos 45 minutos y hay varios autobuses que salen cada hora.

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